Encuéntranos en:
Búsqueda:

La envidia del mundo

La envidia del mundo

— El poder de la plata potosina forjó la historia y movió los designios del mundo.

— Desde las entrañas del Cerro Rico, fluyó un torrente de minerales que deslumbró a los españoles, desatando una revolución económica que dejó su huella en todo el planeta.

— Hoy, sin embargo, el imponente macizo, epicentro de una actividad que ha trascendido épocas y fronteras, muestra señales de agotamiento. Desde su cima hasta las profundidades de sus oscuras entrañas, más de quince mil mineros trabajan incansablemente, extrayendo minerales sin descanso.

— Este Patrimonio de la Humanidad, esta maravilla del mundo, en cualquier momento puede desplomarse. La intensa actividad minera ha dejado su huella, amenazando la estabilidad de esta montaña icónica. Mientras el mundo admira su historia y belleza, la fragilidad de sus cimientos agrega una dimensión urgente a la necesidad de preservar este tesoro, recordando que incluso las maravillas más sólidas pueden estar en peligro.

Mauricio Carrasco

El Cerro Rico está privado de todas las gracias naturales, pero no importa, es inmensamente rico.

Cinco siglos de explotación desmedida lo han dejado debilitado, pero no exhausto y ya sin rastros del esplendor vibrante y fugaz de Potosí aún tiene riqueza en sus entrañas.

El Tío, o el diablo, un ser grotesco y sobrenatural, con sus enormes cuernos y su gran falo, es el dueño de la mole de plata, zinc y estaño. A él, en un ritual diario, los mineros le piden permiso para ingresar en sus galerías. Le ofrendan, para saciar su sed, su hambre o sus vicios, alcohol etílico de noventa y seis grados, hojas de coca, tristes monedas, comida o cigarrillos Astoria, una marca de tabaco negro, sin filtro, fuerte, penetrante.

En las cientos de bocaminas hay siempre uno de ellos, sentado o de pie, en su entrada o en algún filón en lo profundo, con las palmas de las manos hacia arriba para recibir las ofrendas y los labios entreabiertos para fumar. Sus mejillas las tiene hinchadas como si estuviera en la boca hojas de coca para extraer su savia.

Los mineros construyen con devoción una ruda imagen del Tío, diferente, particular, única de paraje a paraje y de mina a mina.

Con una masa de yeso blanco y agua de cola, sus manos de callos y huesos fracturados le dan forma, lo pintan de un color fuego intenso, le colocan cuernos de toro, orejas largas y afiladas, dientes en la boca y una larga cabellera negra en la cabeza, le dibujan ojos fríos y penetrantes, le dotan de un gran pene erecto y lo colocan en el suelo sobre un aguayo de lana de muchos colores de forma rectangular que las mujeres indígenas lo confeccionan a mano.

El aguayo lo utilizan las mujeres quechuas y aimaras como manta en complemento de su vestidura y para llevar a los bebés en la espalda o cargar algunas encomiendas.

Al cuello del Tío le enrollan serpentina, esas tiras de papel que se utilizan en carnaval o días de fiesta, le colocan en su gran boca hojas verdes de coca y un cigarrillo Astoria encendido. Sobre el aguayo siempre hay frascos de alcohol y hojas de la milenaria planta, considerada sagrada.

Si los mineros ofrecen al Tío alcohol puro de noventa y seis grados, es la creencia, las vetas serán también puras.

La montaña, de color marrón rojizo, tiene al menos quinientos kilómetros de estrechos caminos subterráneos que se conectan entre sí, que se transitan con el cuerpo encorvado y que fueron excavados, apenas más anchos que el cuerpo de una persona, otros un poco más amplios, desde la época de la colonia.

En ellos quedaron sepultados miles y miles, dicen ocho millones en quinientos años, de aventureros españoles, criollos caídos en desgracia, pueblos indígenas obligados a entregar en masa a sus hijos y esclavos traídos de África, y desde la fundación, hace dos siglos, mineros de la iniciativa privada y la estatal.

Cuando llegaron los colonizadores españoles, su cima alcanzaba una cota de cinco mil ciento ochenta y tres metros de altitud sobre el nivel del mar y su circunferencia era de una legua. Su cúspide parecía un cono perfecto.

En el siglo XVII un artista anónimo, en óleo sobre lienzo, retrató al Cerro con la forma de la Virgen María y con un hermoso manto de color púrpura.

Es la pintura de la santa, fundida con la misteriosa montaña, más importante por su simbología religiosa.

El autor representó la coronación de la Virgen María inserta en el Cerro Rico. Es una metáfora del mundo a los pies de la montaña. Y es que la plata de las minas potosinas enriquecía y daba lustre al mundo entero.

La Virgen del Cerro, así llaman a la famosa pintura, resulta singular en la figura de la misma María. Se la ha dibujado con su hermoso rostro y sus delicadas manos, pero el resto de la figura está revestida con la imagen del Cerro. Y a la diestra del insólito manto-cerro está el sol, y a su izquierda, la luna.

Hoy el Cerro, objeto de deseo, imán de voluntades, es un triste despojo de lo que fue y su altura es de apenas cuatro mil seiscientos metros.

Su cima puntiaguda, perfecta, emblemática, ya no existe, perdió más de quinientos metros. En su lugar apareció una depresión topográfica, circular, profunda, peligrosa, del tamaño de un campo de fútbol.

Los hundimientos se han multiplicado desde la cima hasta las faldas de la montaña. En sus sombríos y profundos laberintos hay miles y miles de hundimientos, pequeños, peligrosos, oscuros, a diestra y siniestra, en el techo de tierra y mineral y abajo, en el suelo.

Por ellos se cuela un viento frío, fantasmal, eterno, que a veces trae voces lejanas y apenas audibles, el eco de la explosión de una carga de dinamita, el ruido confuso de un derrumbe o el quejido lastimero de algún obrero de la bocamina caído en desgracia bajo cientos de kilos de roca desprendida.

La fortuna, el horror, el asombro, la muerte, se confunden en los endemoniados socavones que seducen con un manto de pacífica apariencia.

Rodeado de desmontes, cráteres, contaminación de residuos sólidos, gigantes nubes de polvo mineral, ambientes adversos y hostiles, el Cerro es un triste despojo de lo que fue.

En el año 1825, las premonitorias advertencias del Libertador Simón Bolívar y del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, resonaron con el eco de la historia.

Ambos ilustres líderes arribaron a la Villa Imperial, un título conferido a la ciudad por el monarca Carlos I de España y V de Alemania, en reconocimiento a su opulencia y exuberancia.

La llegada fue recibida con salvas de artillería, arcos triunfales ricamente adornados y una multitud exultante que los aclamaba con fervor.

A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en la fría ciudad que llegó a ser la más poblada del mundo, Bolívar y Sucre, hombres de las amplias llanuras tropicales, se armaron de valor y en parte a caballo y mula, y después a pie, pisaron la cúspide de la montaña.

Los grandes recuerdos del pasado del coloso no eran más que un triste yermo destituido de todas las gracias naturales, pero estar ahí, en su famosa cima, era un brillante final en la historia de los dos héroes de la independencia americana.

Bolívar —señala el Cóndor en 1825, el primer periódico de la República fundado por Sucre ese mismo año— “mandó levantar las pabellones de Colombia, Perú y Venezuela y dijo fervientes palabras”:

—En pie sobre esta mole de plata que se llama Potosí, cerro que brota plata, y cuyas venas riquísimas fueron 300 años el erario de España, yo estimo en nada esta opulencia cuando la comparo con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de la libertad desde las playas ardientes del Orinoco, para fijarlo aquí, en el pico de esta montaña, cuyo seno es el asombro y la envidia del mundo.

Desde 1987, la majestuosa envidia del mundo ostenta con honor su lugar en la prestigiosa Lista del Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

No obstante, su prominente estatus se ve matizado por la sombra de la preocupación, al haber sido catalogado como "Patrimonio en Riesgo" desde el año 2015.

Este ícono geográfico no solo figura en el imponente escudo de armas boliviano, sino que también teje su presencia en la divisa nacional, entrelazando su esencia con la rica historia del país y, sin pretenderlo, contribuyendo a la trama más amplia y oscura de la historia del mundo.

Este monte venerado no solo ha sido la principal cantera de plata del planeta, sino que también ha inscrito su opulenta huella en la historia como la fuente más rica de plata que la humanidad haya presenciado.

De una blancura resplandeciente al ser fundido, la inextinguible mina, como un cuerpo de tierra con alma de plata, generó un asombroso ochenta por ciento de todo el mineral plateado que fluye por las venas de nuestro planeta.

A las espantosas cuanto ricas entrañas, unos quince mil mineros entran a diario en tres turnos para abrir nuevos socavones con explosivos y extraer toneladas y toneladas de grava y mineral.

El Cerro Rico resiste, aún de pie, la embestida. Por dentro, un día sí y otro también, se deshace y aplasta en venganza a quienes rasguñan sus entrañas.

En 1546, a un año del descubrimiento de la riqueza, el aventurero Juan de Villarroel, que tomó posesión de la montaña, envió un memorial a Carlos V con un descomunal donativo de doce mil marcos de plata con una pureza nunca vista hasta entonces: noventa y nueve por ciento.

En el oficio, el rico español, dueño de minas e ingenios, le pedía a su majestad que le confirmase como descubridor del cerro.

La respuesta del Monarca —Emperador de Alemania, de España y de los Reinos del Perú— fue afirmativa.

Carlos V acompañó su decisión oficial, inapelable, con un escudo de armas en el que aparece el rico cerro en campo blanco, con dos coronas del Plus Ultra a los costados, la imperial corona al timbre y una leyenda al pie:

Soy el rico Potosí
del mundo soy el tesoro
soy el rey de los montes
y envidia soy de los reyes

Al escudo de armas le acompañó la declaratoria de Villa Imperial de Potosí que investía de grandeza y honores a sus ciudadanos.

Se decía Vale un Potosí para elogiar lo que no tenía precio.

FOTO2

Un solitario minero, carretilla en mano, se introduce en la oscuridad de su bocamina.

SUEÑOS, ENSUEÑOS

Desde que los héroes independentistas pisaron su deteriorada cima, el Cerro Rico continúa imperturbable su lento y agonizante desmoronamiento.

Entrañas de plata resecas, vetas agotadas, túneles derrumbados... la gloria del mundo se desliza como arena entre los dedos.

Y sin embargo, el frenesí no menguaba. Miles de almas anónimas siguen arriesgando sus vidas en busca de las últimas migajas que el coloso, antaño pródigo y ahora tacaño, pudiera aún regalar.

Ingresan día a día a los socavones con sus guardatojos y sus viandas magras, dispuestos a desafiar a la muerte si con ello logran extraer algunas rocas de los codiciados minerales.

Entre ellos está Rufino, un veterano curtido que conoce como nadie los arcanos del oficio. Lleva media vida observando los caprichos del Cerro, la manera en que de vez en cuando permite entrever fugaces destellos de opulencia para luego hundirse en la esterilidad durante largas temporadas. Ha visto muchos buscadores llegar con ímpetu desmedido y partir indignados cuando sus vetas se agotaron.

Pero Rufino no se marchará. Está decidido a exprimir hasta la última onza que aquella montaña maldita pudiera dar. Es uno de muchos, junto con Simona, Lucio, Justa, Rita, Manuel, Ricardo, Joaquín, Felipe y otros irreductibles, que se niegan a abandonarla. Seguirán rasgando sus entrañas, dentro y fuera de la montaña, aun cuando todos los demás la hubiesen declarado muerta. Porque ellos intuyen, más allá de la lógica y la razón, que el Cerro Rico aún guarda riqueza y secretos por revelar.

Y así, mientras el sol ilumina las polvorientas ruinas exteriores, ellos se internan una vez más en la negra boca que conduce a las tinieblas.

Faroles en mano, cargando sus años y sus fantasías de fortuna truncadas, regresan al inframundo que tan bien conocen, desafiando derrumbes y malos espíritus, buscando vetas, golpeando rocas, rasgando la tierra.

Soñando, eternamente soñando, con dar el gran golpe de suerte antes de que sus alientos se apaguen.

FOTO3

El Cerro Rico, la ciudad de Potosí y un molino accionado por energía eólica para procesar mineral. Grabado hacia 1820.

EL SUEÑO DE RUFINO

Rufino tiene treinta y nueve años y es minero desde los catorce. Un cuarto de siglo en las galerías del coloso en labores de extracción, expuesto a altos niveles de contaminación y polvo de sílice, a falta de oxígeno por el trabajo en altura, le han acortado la vida.

Su respiración es agónica, entrecortada. Su cuerpo frágil se sacude en violentos, intermitentes y sofocantes accesos de tos.

Sus pulmones han aspirado partículas de polvo metálico desde que un mal día abandonó la escuela y sumó fuerza minera en insalubres condiciones laborales.

Fue aquel un martes, el peor martes de su vida.

Su padre y dos de sus hermanos mayores ingresaron, como cada mañana, a la Descubridora, una antigua mina española explotada hasta el cansancio.

Los tres miembros de su familia y una decena de socios constituyeron una cooperativa y en una suma de capitales arrendaron el viejo socavón que a duras penas soltaba desperdicios de mineral para cubrir el pan del día.

Como cualquier otra jornada, avanzaron encorvados por un par de horas en fila india por las estrechas galerías.

Eran seis personas, una detrás de otra, rumbo a sus parajes.

De pronto, el monte se los tragó vivos. El Tío abrió su gran boca y cinco de ellos cayeron en una oscura profundidad. Una inmensa nube de polvo lo cubrió todo y unos segundos después un macizo de tierra y metal desprendido cayó sobre ellos enterrándolos para siempre.

Sus cuerpos nunca fueron encontrados y la Descubridora es su perpetua tumba.

El Tío había exigido una ofrenda de sangre para que el mineral siga brotando y cinco de los seis mineros la pagaron.

Los socios de la mina suspendieron operaciones por un día para llorar a sus hermanos caídos. Rufino, otro de sus hermanos y un primo suyo, ya sin tiempo para honras fúnebres y con las lágrimas aun corriendo por sus mejillas, asumieron por derecho y obligación los puestos de trabajo de los fallecidos.

Apenas a la jornada siguiente de la tragedia sintieron en carne propia que detrás de todo estaba la obra aterradora del Tío.

La desgracia, la adversidad, las penas fueron reemplazadas por un encadenamiento de buena fortuna.

En los tres parajes que tenía la Descubridora, filones de mineral se dejaron ver apenas golpeando las caprichosas paredes de roca.

El dinero llegó por el siguiente lustro a manos llenas. Un buen día el hermano de Rufino se hartó y se marchó con su mujer y sus hijas pequeñas a la vecina Argentina. Prosperó allí como empresario de confecciones textiles. Se llevó unos años más tarde a su madre, quechua hablante, para alejarla del círculo infernal minero que, sin puntos intermedios, transita de la riqueza a la desgracia.

Su primo también abandonó la mina y hoy recorre la ciudad de estrechas callejuelas que están al pie de la montaña en un moderno micro que presta servicio de transporte público.

El primo cuenta que una tarde en los oscuros socavones mientras golpeaba de rodillas la roca y masticaba hojas de coca se le apareció el Tío con cuerpo de hombre minero y cabeza de toro. Se colocó a su lado, de pie, con esa mirada de odio y furia mientras su respiración era fuerte, ruidosa, y su aliento penetrante a carne descompuesta.

Pensó, arrodillado y temblando de miedo, que el Tío, el señor de las profundidades, no lo quería en sus galerías y nunca más volvió a ellas.

Rufino cambió de minas con el tiempo, pero nunca abandonó el Cerro Rico. Lleva el mal del minero en sus entrañas, adquirido en las entrañas de la montaña que tanto ama como odia. Le dio todo, le quitó todo.

Una noche de luna llena, luna de plata, en un apacible marzo, sonó con el caprichoso, sobrenatural, subterráneo y dueño de los metales que tan pronto puede conceder riquezas como quitar la vida en los socavones.

Al Tío, que protege y castiga, cuenta Rufino, lo vio en su sueño con aquellos ojos saltones, mirada de fuego y enormes cuernos, tórax ancho y piernas cortas envuelto en una tenue luz al pie de una bocamina con un viejo guardatojo en la mano, carretillas con carga a un lado, perforadoras, dinamitas y barrenos al otro.

Inmediatamente lo supo, no había que ignorar aquella señal. La bocamina que se había adjudicado muy barata con una pequeña cooperativa, que muchos otros habían despreciado, tenía su filón metálico, protegido, reservado para él por el misterioso, sagrado y profano Tío.

El pequeño socavón de Rufino, un hombre de mediana estatura de origen quechua y tres hijos, ofrecía un depósito polimetálico con enormes concentraciones de plomo, estaño y zinc, casi a flor de tierra.

El diminuto socavón, de apenas cinco metros lineales, lo trabaja de forma artesanal, como lo hicieron los esclavos negros y mitayos en la colonia, a combo y pala, el pico está prohibido por su forma de cruz. Su esposa, su cuñado y tres personas lo apoyan en la faena.

Su mujer, no ingresa nunca a los socavones, tiene miedo y se lo prohíben, y su hijo, de diecisiete años, el único varón, quiere seguir sus pasos pero Rufino le ha prometido que si obtiene buenas calificaciones en el bachillerato le pagará sus estudios al terminar el colegio en una universidad de Buenos Aires, donde radica su hermano y su madre en una vida diferente a la minera.

Sin tecnología, sin planes a largo plazo, sin seguridad, sin seguro médico ni cotizaciones para la jubilación, los seis socios reúnen fuera de la bocamina, cada día, al menos trescientos kilos de roca mineral. Los sábados al mediodía una empresa envía un vehículo de alto tonelaje que trepa el Cerro Rico hasta la cota dos mil setecientos para comprar la producción semanal de Rufino a un promedio de quinientos dólares la carga.

Las ganancias se dividen en partes iguales. Un promedio de trece dólares y algunos centavos por cada extenuante jornada de quince, dieciséis, diecisiete horas.

Demasiado trabajo, poco dinero.

A cada pago sabatino, antes de dividirlo, Rufino bebe un trago de alcohol de noventa y seis grados adelgazado con un poco de agua, otro tanto derrama en la tierra para saciar la sed de la Pachamama, la Madre Tierra. Al Tío de su mina le esparce el líquido en las cuatro direcciones de su cuerpo: este, oeste, norte y sur, en las mismas direcciones de las vetas minerales.

Y para fertilizar a la Pachamama vacía en la boca de la figura diabólica el resto del aguardiente y unos segundos después brota el líquido por la punta del pene de la grotesca imagen.

Todos sonríen divertidos, pero Rufino se sacude en una tos violenta e incontrolable. El mal de mina quiere cortar el débil hilo de su vida.

Ya calmado, escupe una masa coagulada y luego se limpia la boca con la manga de su raída camisa de franela.

Mira a su afligida esposa y la consuela con palabras que ella entiende.

La oscuridad, le dice, es también promesa.

FOTO4

La figura del Tío en el Cerro Rico varía de mina a mina, pero en todas está asociada con la protección de los trabajadores mineros. Al medio, la figura con una turista argentina.

CANSADO DE SOÑAR

Si fuera la letra de una canción de Nino Bravo, aquel famoso cantante español de los años sesenta, Lucio, otro minero, de otro paraje, otra alma sometida a la noche eterna, diría que tiene veinte años y está cansado de soñar.

Sueña desde que era un niño minero que un buen día un rico filón se abre y se abre en la roca con infinita riqueza para terminar de una nueva vez con la eterna pobreza de su numerosa familia y de su nuevo hogar con una hermosa bebé y su joven esposa.

Pero aquella ilusión ha cambiado su naturaleza y se ha enquistado en una oscura idea fija que le perturba el pensamiento y le quema el alma después de media vida en los socavones.

El desencanto le inunda el alma apenas llega despuntando el sol a las polvorientas faldas del Cerro y trepa la gran pendiente sorteando grietas y desmontes por senderos sinuosos para llegar a la cota tres mil donde se ubica la mina en la que trabaja.

Le fastidia ingresar en ella en turnos de veinticuatro, treinta y seis horas continuas apenas con una bolsita con hojas de coca, un pequeño frasco de alcohol, cigarrillos y algo de comida.

Está harto del polvo mineral que sabe que respira, de la noche eterna en la que trabaja, de sus compañeros con más suerte que él.

Al ingresar en la boca de la mina tiene por delante un oscuro, estrecho y sinuoso túnel y a sus espaldas un horizonte inagotable de bellas montañas y un infinito cielo azul.

Lucio ingresa al laberinto, sin prisa, enciende la lámpara de su guardatojo, se lleva algunas hojas de coca a su boca, derrama un poco de alcohol al suelo para calmar la sed de la Pachamama y se pierde en la noche eterna.

Su paraje está a dos horas de caminata, unos tres kilómetros de distancia desde la entrada de la mina.

A su paso se ha cruzado un par de veces con compañeros que han concluido sus turnos sin reconocer sus rostros, sus voces.

Algunos son asalariados del Estado, otros socios de cooperativas privadas.

Los cooperativistas, como Lucio, deciden de forma independiente las horas, los días de trabajo.

En el auge de los precios internacionales mineros, el Cerro, como en la Colonia, tenía en un día cualquiera al menos treinta mil personas trabajando frenéticamente en él.

Pero la crisis de las materias primas ha mermado la mano de obra y Lucio, como otros miles de independientes como él, tiene que redoblar esfuerzos para sobrevivir.

Las oportunidades no están afuera, sino dentro del Cerro.

El eco en lo profundo le trae a sus oídos el golpeteo firme y seco sobre la roca de alguien que trabaja en solitario.

En el laberinto sinuoso ha sorteado dos veces las bifurcaciones que le salieron al paso y en ambas escogió el rumbo de la mano derecha.

Sortea varias veces charcos de agua amarillenta que le salen al paso y los evita con un salto sobre ellos ante la incertidumbre de su profundidad.

Viejos callapos de eucalipto soportan como columnas el techo que desprende trozos de roca como si fueran galletas y que evitan el inminente derrumbe.

Su estatura media y su complexión delgada le dan la agilidad para sortear las dificultades del camino, como cuando en algunos tramos debe dar saltos felinos para no caer en un foso profundo del que nunca recuperarían su cuerpo, pero no la fuerza suficiente para arrancar mineral a la roca.

Pero ante las desventajas físicas, está la dinamita, la inestable amiga del minero, y la ayuda del Tío, el dueño del Cerro.

El aire de la galería está cargado del olor a minerales y a tierra húmeda, y nuevamente el sonido de cinceles lejanos resuena en el estrecho pasillo.

La luz de su guardatojo ilumina las paredes irregulares que revelan a cada paso la enredada y confusa red de túneles excavados durante cinco siglos de minería.

Historias de antaño cuentan que al ingresar a las galerías con antorchas, las paredes brillaban con las vetas de plata y otros metales preciosos a simple vista como testimonio de la riqueza que se escondía dentro de la montaña.

A los ojos de Lucio lo único que brilla a la distancia es la linterna encendida de algún compañero.

Un terreno marcadamente irregular, con montones de promontorios y grietas profundas, le indican que está a un par de minutos de su paraje.

Los molestos promontorios, que estorban la marcha, recuerdan la amenaza inminente de derrumbes y el descarte definitivo, en ese paraje, del uso de dinamita.

Sin una máscara de protección para los gases tóxicos, y apenas con el casco y las botas puestas, sus pasos son cada vez más cautelosos.

En la mina no hay equipos de rescate ni personal médico que proporcione a los mineros una sensación de tranquilidad en caso de emergencias.

Pero Lucio es un hombre sereno que ha sabido sortear con precaución el peligroso entorno durante media vida.

Como le enseñó su padre, en una tradición que se pierde en la memoria del tiempo, Lucio se acerca al Tío de su mina para encomendarse antes de iniciar la jornada.

El Tío de su paraje se llama Jorge.

—Tío, te he traído coquita y cigarrillos.

El joven minero lanza a los pies del Tío Jorge un puñado de hojas de coca y enciende tres cigarrillos sin filtro y los coloca todos juntos en la boca del diablo.

—Espero que te guste, es coca fresquita de los Yungas de La Paz.

Jorge es un Tío viejo, quizá de siglo y medio o dos de antigüedad de algún grupo de mitayos de la Colonia.

—Tío, ¿puedo hablar contigo un momento?

Lucio se sienta a su lado, bebe un poco de alcohol de su pequeño frasco y derrama otro tanto en el cuerpo de la figura.

—Quiero decirte que ya no puedo soportar más esta rutina, Tío. Llevo años trabajando en esta mina, soñando con encontrar una rica veta, pero nunca parece llegar mi buena fortuna. Busco algo que ya casi no existe.

El sitio, estrecho y polvoriento, agobia. El silencio es absoluto y parece que el tiempo se hubiera detenido en esta parte del mundo. Ambos están inmóviles en el hueco convertido en altar, apenas iluminados por la luz del guardatojo. El humo de los cigarrillos que se consumen flota en el aire sin forma, sin color y sin sentido.

—Esto es duro y desalentador. Hay quienes dicen que han recibido tu ayuda y yo veo que no son cuentos, que es verdad lo que dicen. Yo he pagado el precio hace diez años. Los huesos de mi padre están aquí, en el vientre de este cerro.

Lucio tose violentamente y se apoya con fuerza en sus rodillas, sintiendo el penetrante humo de los cigarrillos sin filtro.

El mineral de alta ley escasea en el Cerro y las estadísticas de la mina son duras: cada mes fallecen en ellas al menos una docena de mineros: en accidentes por derrumbes, caídas en los cráteres, explosiones y por cáncer de pulmón.

En su época de esplendor la montaña ofrecía vetas de plata de metro y medio de ancho y ahora encontrar alguna de centímetro y medio es todo un éxito.

—He trabajado mucho y duro, pero ya no tengo esperanza. A veces siento que estoy cerca de encontrar algo grande, pero siempre se escapa de mis manos.

Lucio tiene experiencia y conocimiento, valiosos en su oficio, pero de muy poco le han servido.

—Y mi amigo ha quedado ahí, tieso, atrapado en un derrumbe, tú ya lo sabes, y no puedo sacarlo de mi cabeza. Él ha trabajado como yo y se ha ido de esta vida sin nada. No quiero lo mismo para mí.

Jorge está en la penumbra del socavón, con sus cuernos retorcidos en la cabeza y sus ojos oscuros que parecen penetrar en el alma. Su figura es imponente y misteriosa.

—Eres el guardián de la mina, el señor de la riqueza, pero no quiero esto por el resto de mi vida si sólo es trabajo, pobreza y muerte.

Los cigarrillos son ya cenizas en la tiznada boca del Tío. Lucio limpia torpemente las comisuras de los labios de Jorge y derrama un poco de alcohol en su boca.

Luego se incorpora, mueve la cabeza a manera de despedida y avanza decidido por el solitario laberinto de caminos subterráneos. Una ráfaga de viento frío le golpea y una sonrisa se dibuja en sus labios. Afuera, la luz de media tarde está imponente en el horizonte profundo.

FOTO5

Dos mujeres en el Cerro Rico, denominadas Palliris, trabajan en un área donde la actividad es menos industrializada.

EL ANHELO DE FELIPE

A sus 21 años, Felipe lleva ya siete de ellos internándose antes del alba en los túneles del Cerro Rico. Siete años extrayendo zinc y estaño en jornadas de 30 horas sin más compañía que alguna sombra ocasional y el retumbar lejano de la explotación de la montaña.

Pese al declive en los precios de los metales, el joven regresa cada tercer día de madrugada a la bocamina, empuñando su guardatojo y algunos cartuchos de dinamita. Sabe que las vetas menguan día a día, pero se aferra al anhelo de juntar algún dinero antes que los socavones sean clausurados.

Sobre él se ciernen las paredes claustrofóbicas plagadas por la amenaza constante de derrumbes. Pero incluso si el envejecido coloso algún día se desplomara sepultándolo todo, Felipe persistiría en su empeño.

Su meta está clara: juntar suficiente para llegar a fin de año con un pasaje sólo de ida a Chile o Argentina. Allí le aguardan los relatos que llegaron a sus oídos sobre trabajos más dignos y menos riesgosos.

Así que mientras muchos ya han abandonado la moribunda montaña, negándose a perpetuar el lúgubre destino ligado por siglos a ella, el joven Felipe se aferra al viejo Cerro. Rasguñando con obstinación sus exánimes entrañas, resistiéndose a que la indiferencia frente a su declive le arrebate también su anhelado futuro lejos de la bocamina.

A pesar del declive en los precios de los metales, el imán del Cerro Rico sigue atrayendo ilusiones al socavón cada amanecer.

Y es que nuevas cohortes de embozados jóvenes se alistan decididos a arañar las menguantes vetas, congeniando su suerte a la caprichosa bonanza que el Tío dispense desde las sombras.

Ingresarán a sus bocaminas hasta quince mil en un día. Horadarán la débil corteza con el estruendo de las voladuras, para extraer las dos mil toneladas diarias de roca maldita que garanticen su magro sustento.

Doce, catorce, veinte, treinta horas de extenuación continúa sin más testigos que sombras de compañeros y ecos lejanos.

Sobre ellos se ciernen los antros claustrofóbicos, plagados de la amenaza latente de desplomes que han condenado ya a muchos a tumba innominada.

Pese a todo, regresarán con su mísero botín a la eterna penumbra. Motivados por ese imán de la fortuna rápida, por la veta legendaria que los redima de sus lúgubres destinos.

Y si el vetusto coloso algún día expirará, sepultándolos a todos; si los derrumbes forzarían el cierre de las últimas galerías y el éxodo de estas comunidades asentadas bajo el signo del mineral, aún quedarían allí, indemnes, los altivos espíritus tutelares.

FOTO6

Indígenas trabajando en la gran mina de Potosí. Grabado de Theodor de Bry, alrededor de 1590.

PALLIRIS

A perpetuidad, el infortunio cubre como mortaja imperecedera a las sufridas mujeres de Potosí.

Desde los albores de la Colonia cargan sobre sus espaldas el estigma de despedir esposos, padres e hijos hacia la boca de oscuros túneles, sin certeza de retorno. Lágrimas derramadas en silencio ante la parca que aguarda insidiosa bajo tierra.

Pero cuando despunta el sol sobre los altos picos, ellas desandan el sendero hasta las faldas del Cerro Rico. Allí rebuscan incansables entre pedruscos y escombros arrojados desde épocas coloniales, empecinadas en rescatar residuos de estaño, cobre o zinc que antaño desecharon los ambiciosos buscadores hispanos.

No precisan más que la luz del día y sus expertos ojos, curtidos por generaciones en detectar el destello tenue de cualquier filamento metálico. Luego, al declinar la tarde, retornarán penosamente cargando sus carretillas con el exiguo botín, soñando que alcance para mitigar el hambre y las penas del alma.

Así malviven a perpetuidad bajo el signo del mineral, como sus antepasados. Siempre a la sombra de ese coloso sobre cuya grandeza y miseria se erigió Potosí.

FOTO7

En los alrededores del Cerro Rico hay cuerpos de agua construidos en la Colonia para alimentar la actividad minera. Fotos de 1910 y un dibujo de 1700.

LAS MANOS DE SIMONA

El viento sopla en las montañas andinas y golpea el paisaje de piedra, roca y peñasco en el que la anciana Simona y otras mujeres trabajan en solitario.

Es un lugar aislado, singular, estéril, empobrecido.

Está a un costado de la emblemática figura del Cerro Rico, al que una vez el mundo conoció en el ancestral idioma quechua como Sumaq Urqu, cerro hermoso en castellano.

Los despojos del cerro hermoso están en todas partes, esparcidos por cinco siglos de actividad frenética.

Como si se hubiera detenido el tiempo en estas soledades de altura, Simona entierra en las faldas de la montaña como ofrenda a la Pachamama, la venerada Madre Tierra, la placenta de un recién nacido.

Es un tributo tan antiguo que se pierde en la memoria del tiempo.

Las mujeres, de comunidades indígenas como la suya, rinden homenaje a la venerable Pachamama en busca de fertilidad para sus campos de piedra y greda que a duras penas le arrancan papa y cebada.

También buscan la benevolencia divina para la buena fortuna en el amor o en el trabajo, para el milagro de la vida y la abundancia.

La Virgen María, Virgen Cerro, representa a la montaña, el Tío es dueño del mineral y de las oscuras profundidades, y la Pachamama reina en la tierra que el sol ilumina.

Simona cree profundamente en la Pachamama y a ella le pide que en cada roca que muele a golpe de martillo encuentre restos de mineral.

Tiene el oficio de Palliri, una expresión quechua que describe lo que hacen exclusivamente las mujeres: acopiar, escoger y golpear rocas.

Con su sombrero artesanal de mimbre en la cabeza, su pollera y unas botas de goma que le llegan a las rodillas, la anciana desmenuza con fuertes golpes la materia sólida, sin reducirla enteramente a polvo, en busca de residuos de mineral con valor comercial.

El oficio lo ejerce a cielo descubierto desde que quedó viuda, treinta años atrás.

Sólo las mujeres trabajan en la disección milimétrica de acopiar, escoger y pulverizar piedras residuales con el apuro de encontrar algo del metal del diablo.

Sin guantes industriales para proteger sus arrugadas manos, día tras día, desde la madrugada, con treguas de fin de semana y días festivos, bajo el ardiente sol andino, que quema pero no caliente, el frío de invierno, la lluvia, el granizo, la nevada o los fuertes vientos que agrietan el rostro, trabaja en el rescate de mineral.

En sus extenuantes jornadas mastica sin falta hojas de coca, acción que se llama en lengua originaria pijcheo, que se mezcla en la boca con un poco de lejía.

La lejía es una mezcla de las cenizas de los tallos de la quinua con arroz y anís molido, que se amasa con agua y se seca en porciones pequeñas.

De color negro carbón, la lejía sirve para mejorar en la boca el sabor amargo de la coca.

La planta, en su estado natural, es un poderoso energizante.

Los mineros del gran cerro pijchean a la que consideran hoja sagrada para distraer el hambre y la sed, para vencer el sueño y combatir los fríos del alma en los sombríos y solitarios socavones.

La coca se utiliza también para aliviar los efectos de la altura, para ablandar las vetas minerales y, como asegura la anciana palliri, hasta para adivinar el futuro.

Pero leer el porvenir en las hojas de coca es un asunto secreto, oculto y reservado a unos pocos, no cualquiera puede hacerlo.

Los yatiris y amautas, o brujos andinos, la utilizan para ese oficio.

La lectura de la suerte en las hojas de la Erythroxylum Coca, como se la conoce por su nombre científico, puede provocar alegrías o tristezas.

Las hojas, desparramadas por el yatiri en un aguayo, nunca se equivocan.

La posición de cada una de ellas permite conocer lo que le espera.

Para conocer el futuro mediante este ritual no sólo se invoca al espíritu de la planta, sino también al de la persona, a la que se le considera una semilla cósmica. Ambos espíritus se muestran y le es revelado al brujo las proyecciones que deparan.

Como el ser humano es considerado semilla cósmica sagrada, el yatiri recurre a la hoja de coca porque ésta es el fruto de la diosa máxima, la Pachamama.

Las propiedades de la hoja son infinitas y al invocar a su espíritu se llama también a la salud mental y física, a la abundancia, la fertilidad y la prosperidad. Es capaz también de purificar el espíritu, brindar protección y ahuyentar a los malos espíritus.

El esposo de Simona murió con el mal de mina y en sus días y noches de angustia masticaba con gusto la hoja, que por horas dejaba en la boca, a la que agregaba lejía y, de rato en rato, un sorbo de alcohol de noventa y seis grados.

La hoja, en su muerte temprana, fue su compañera.

Dejó a Simona con cuatro hijos. La última, una hermosa bebé de cuatro meses.

La vida no fue fácil desde entonces.

Dos de sus hijos murieron en la mina interior, una de ellas se casó con un joven minero y él, en una discusión sobre el pan del día, la abrazó con furia con una carga de dinamita en la mano que la hizo detonar.

La pequeña, aquella bebé de cuatro meses, hoy mujer de treinta y un años, la dejó a cargo de sus dos últimos hijos adolescentes y emigró a Chile en busca de mejores días.

La anciana se rompe las rodillas y las manos en su difícil oficio para que sus nietos no se les ocurra ser mineros.

No todas las mujeres pueden trabajar en los desmontes. Simona tiene el derecho de golpear las rocas. Su difunto esposo le dejó unos papeles que le acreditan como socia de una pequeña mina.

Su compañero de vida tenía los pulmones reventados y vomitando sangre murió. Ella también escupe sangre, pero apenas le da importancia dedicada más a escoger la roca adecuada para golpearla.

El escaso mineral que reúne lo ofrece una vez a la semana a deshonestos intermediarios a un promedio de veintidós dólares la carga.

Trabaja diez, once, doce horas diarias. Calcula que en un año logra reunir quizá lo suficiente para llenar una volqueta de mediana capacidad, pero no para abandonar el oficio.

Con técnicas rudimentarias acopia tres o cuatro kilos de carga en su destartalada carretilla, mientras los grandes vehículos transportan en un solo viaje cientos de toneladas de mineral para su procesamiento.

Lo primitivo y lo más moderno de la tecnología minera está ahí, desde lo profundo de la montaña hasta el cráter de su cima.

Simona tiene apenas, como sus ancestros mitayos, obligados por sorteo a trabajar en la noche eterna dentro del cerro hermoso, sus manos y un martillo como herramientas.

A la anciana, en su pobreza infinita, la desventaja de no contar con tecnología en la extracción del mineral no le preocupa.

En su creencia, la Pachamama no ignorará sus ruegos por un poco de fortuna.

La montaña es apenas un cascarón, está hueca por dentro y extenuado, tanto como Simona.

FOTO8

Vista de la ciudad minera. Crónica de Perú de Pedro Cieza de León 1553.

JUSTA, LA TARTAMUDA

De hermosa cabellera negra, amplia sonrisa y mejillas agrietadas a golpes diarios del frío viento de altura, la eterna sequedad andina del ambiente y el fastidioso polvo color ocre, la pequeña Justa, en tamaño y edad, lee un hermoso texto de historia que habla del hechizo potosino de su Cerro Rico, la opulencia de la ciudad que alguna vez creció al color de la plata y al calor de hogueras para su fundición, y las leyendas de antaño que hablan de la cuna de la prosperidad del mundo, de su opulencia y despilfarro.

Es domingo y lee en voz alta en la entrada de un antiguo socavón —ce-ce-rro-rro de-de Pot-pot-sí— con pronunciación entrecortada y arrastrando las palabras.

Su madre, Rita, desde la puerta de una casucha de paredes de adobe, techo de lata y piso de tierra la mira con tristeza melancólica.

Ambas mujeres y seis perros son vigilantes nocturnos del pequeño campamento minero, en la cota tres mil cien.

Su improvisado hogar, de doce metros cuadrados, sin energía eléctrica ni servicios básicos, es un depósito en el que los mineros de la microempresa, a la que llaman cooperativa, guardan sus herramientas de trabajo: motores de energía eléctrica que funcionan con gasolina, perforadoras, guardatojos, palas, destartaladas carretillas, mechas, fulminantes y cientos de kilos de cartuchos de inestable explosivo.

En un hornillo portátil, que funciona con un cilindro de gas licuado de petróleo, Rita calienta por la noches, a escondidas, un poco de agua en su vieja caldera, abollada y ennegrecida, a un palmo de distancia de la dinamita y el combustible.

La joven madre, delgada y frágil de treinta y dos años, recibe tristes monedas como pago de su trabajo. No tiene salario. Sus poderosos jefes le descuentan sin falta una supuesta deuda que ella no reconoce ni acepta.

Es guarda, así les llaman a las vigilantes de la mina, como otras viudas. Su horario es nocturno, pero permanece en el campamento las veinticuatro horas del día, de lunes a domingo. Su hogar es el sucio depósito donde tiene un colchón de paja, algunas frazadas y cueros de oveja para cobijarse de las frías noches de altura, su viejo hornillo y su caldera, y el puñado de libros de la tartamuda Justa.

En el ocaso de una tarde de sábado, dos años atrás, Rita se descompuso del estómago, tomó a Justa de la mano y descendieron a pie de la montaña rumbo a la ciudad de Potosí, asentada en las faldas del Cerro, para comprar media libra de coca en el popular Mercado Minero.

La hoja, masticada para extraer sus juegos amargos o beber en infusiones, es una poderosa medicina tanto para mitigar las penas del alma como para curar molestias estomacales.

Al volver a casa, caída la noche, descubrió que algún jucu, palabra quechua que describe al ladrón, normalmente de mineral que se mete debajo de la tierra en medio de la noche, ingresó al almacén forzando el candado para llevarse valioso material de trabajo.

Los encargados calcularon las pérdidas en más de tres mil dólares.

Desde entonces sus patrones le confiscan casi todo su sueldo. Tiene, todavía, un año para pagar la deuda completa.

Mientras la pequeña Justa va a la escuela en las mañanas en una caminata de una hora en descenso por sendas de la montaña y otras dos horas de retorno por la empinada roca, su joven madre se gana unas monedas extras empujando fuera de la bocamina carretillas con carga mineral.

A espaldas de sus empleadores, quienes son de origen quechua como ella, Rita permite que los domingos y días festivos los extranjeros ingresen a la mina con una empresa de turismo de la ciudad. Desde que sale el sol hasta antes de que se ponga, los visitantes llegan y entran al socavón para conocerlo.

La mayoría son estadounidenses, europeos y ciudadanos argentinos. Ella recibe como pago los regalos que traen los visitantes.

El ingreso de turistas a las minas del Cerro Rico para descubrir sus secretos y conocer su historia ocurre todos los días en casi todos los socavones de la famosa montaña y es entendida como una visita social.

Como no es posible llegar a la casa de alguien sin un presente para ser recibido con amabilidad, a los turistas se le obliga llevar como regalos que compran en el Mercado Minero bolsas pequeñas con coca, lejía y cigarrillos, mechas, fulminantes, detonador o dinamita, alcohol de caña de alto grado, refrescos embotellados o comida.

Los regalos se entregan a los mineros, pero en este caso la beneficiada es Rita, la solitaria guarda.

Justa ingresa algunas veces a las galerías con los turistas y con acciones de gestos y movimientos corporales les cuenta de desgraciados derrumbes, escapes de gas y nubes de polvo, la devoción al Tío y el peligro de muerte a cada paso.

Los guías expertos, en complicidad con ella, traducen a los sorprendidos turistas la genial mímica de la pequeña.

Cuando la niña ingresa a la noche eterna de los socavones, en recorridos de un par de horas, les presenta al Tío de su mina.

Un gringo pregunta en inglés y el guía traduce.

—Quiere saber si le tienes miedo.

— No, no. A ve-ve-ces le-le de-de-jo co-co-ca y a-a-gua. Y me-me cu-cu-i-da.

—¿Y cumple lo que le pides?

Justa responde que sí.

Durante la colonia, los esclavos y mitayos vivían por más de tres meses dentro de la mina. De cada diez que entraban, sólo tres salían vivos.

A esos infortunados, la luz del día les era vetada en ese averno subterráneo. Condenados a penar en una oscuridad perpetua, sólo tenían contacto con el mundo exterior a través de sus carceleros.

Una vez por semana, aquellos verdugos sin rostro les arrojaban algunos alimentos y recipientes con agua putrefacta. Otros sayones deambulaban por los túneles en busca de infortunados maltrechos a los que arrastrar a improvisadas enfermerías, donde curaban a desgano sus heridas antes de devolverlos, cual ganado, a las entrañas lacerantes de la montaña.

Y entre las sombras, los más afortunados de la desdichada cuadrilla cargaban en sus espaldas con pesados talegos de tela. En su interior, el preciado metal por el que ofrendaban sus vidas gota a gota.

Marchaban encorvados por los angostos pasadizos con su botín de muerte a cuestas, anhelando ver de nuevo la luz del día. Soñando con el momento en que sus amos les permitieran salir y poder ver el sol, aunque fuese por única vez.

Sabiendo que, cuando sus maltrechos cuerpos ya no sirvieran, terminarían formando parte de las pestilentes pilas de cadáveres que yacían amontonados en las galerías, esperando ser arrastrados al olvido por aquellos esbirros de la muerte.

La creencia minera dice que las mujeres no deben entrar a la mina, que el Tío se enamora de ellas, que las persigue, y que entonces la Pachamama se pone celosa y esconde el mineral.

Justa y su madre Rita sonríen y desmienten el mito. Ellas se adentran de vez en cuando en los socavones del Cerro Rico para realizar extenuantes jornadas de trabajo a cambio de magras propinas.

Madre e hija ingresan a la bocamina antes del amanecer y no vuelven a ver la luz del día hasta que cae la noche, en un agotador trajín. Golpean incansablemente las paredes de roca, empujan pesadas vagonetas, respiran polvo tóxico... todo por una paga infinitamente menor que a los varones.

Al final de esas agobiantes jornadas, regresan caminando en la penumbra hacia su lúgubre campamento minero. Allí las espera su choza ruinosa de paredes agrietadas, donde apenas logran guarecerse del gélido viento nocturno.

En ese desolado paraje pasan sus noches sin consuelo, entre toses incesantes, dolorosos calambres y el llanto desesperanzado de Justa, que implora a su madre huir de ese infierno.

Pero no pueden abandonar la mina donde yace enterrada su libertad. Continúan atrapadas en ese imán implacable del Cerro Rico.

FOTO9

Dos templos con sus muros de piedra en la urbe potosina.

LOS RUMORES DE MARÍA

María lleva apenas unos meses desde que enviudó, pero en la soledad de las largas noches en vela como guarda de la mina donde todo ocurrió ha escuchado infinitos relatos de veteranos sobre las artes del Tío en la oscuridad de los socavones.

Dicen que bajo tierra el enigmático numen señorea como un voluble soberano en sus dominios umbríos. Según cuentan, unas veces se muestra dadivoso para sus elegidos, mientras que en otra vuelta de su capricho condena a los mismos infelices a sepultura innominada.

Otros juran haberlo visto adoptar forma de animal, siempre al acecho de algún incauto rezagado de la cuadrilla. Incluso María escuchó en voz baja de alguna abuela el rumor de doncellas extraviadas que terminaron preñadas, auspiciadas por el espíritu en noches de ultratumba.

María asegura, mientras lágrimas recorren sus mejillas, que hay quienes han visto errante en las sombras a su esposo Gregorio con su brazo mutilado preguntando por su miembro disperso y anhelando completar su cuerpo para que por fin pueda descansar en paz.

También pululan los supay, seres diabólicos que habitan en las profundidades de la Tierra acechado incautos para robarles su escasa ración.

También se especula entre murmullos que ciertos duendes son engendros procreados por el Tío con alguna joven descarriada en las tinieblas.

Y no faltan historias de Primitivo, el minero más antiguo, hermano de Gregorio, encontrando al despuntar el alba rastros de garras y pisadas deformes que nadie podría explicar.

María todo lo escucha y calla, incapaz de discernir entre habladurías de maldades y prodigios gestados en la negrura impenetrable bajo el Cerro.

Pero cuando cae el día, mientras prepara el triste guiso para su pequeña, enciende un cigarrillo y vierte unas gotas de alcohol en el suelo agrietado, rogando en quechua al incierto Tío por la paz eterna de quien fue su compañero de vida.

FOTO10

El Cerro Rico, desprovisto de vegetación, visto de sus faldas.

LAGOS DE PLATA

En las inmediaciones del imponente Cerro Rico, que rodea con su majestuosidad la antigua Villa Imperial, se revela un fascinante secreto que perdura inmutable a través de los siglos: una decena de lagos cuya serena superficie refleja la plata resplandeciente de la luna.

Estos manantiales, todos represados con sangre quechua y aimara desde los albores de la Villa Imperial, son gigantescos lagos artificiales concebidos para saciar la perpetua sed de la creciente urbe y su feroz minería.

Construidos con monumental esfuerzo, se convirtieron en fuentes vitales para la ferviente multitud de buscadores, fundidores, esclavos y capataces que convergían hacia el renombrado Cerro Rico, atraídos por la prometedora plata que yacía en sus entrañas.

Este campamento minero sin igual, como hace quinientos años atrás, tuvo que enfrentar pronto la cruda realidad de la escasez de agua.

La anciana palliri Matilda recuerda que durante casi seis meses en 2023, la sequía asoló la región, secando las lagunas de plata y dejando a la ciudad de Potosí sedienta.

La falta de agua no solo afectó a los habitantes de la urbe, sino también a la crucial actividad minera del Cerro Rico, advirtiendo Matilda con sabiduría ancestral que sin agua, tampoco hay minería.

Los lagunas de plata, que se divisan desde la cumbre del cerro, son alimentados por deshielos, lluvias, vertientes y vientos húmedos. Pero el cambio climático azotó el altiplano y las tierras altas en 2023 con una sequía sin parangón en la historia.

En tiempos remotos, desde las orillas de estos lagos, los buscadores y sus bestias mitigaban su sed antes de emprender el viaje hacia el mítico cerro. Sus aguas eran destinadas a las masivas fundiciones que, sin descanso, expulsaban humaredas pestilentes sobre la ciudad serrana.

En las noches de plenilunio potosino, bajo el escrutinio del imponente Cerro Rico, hoy nuevamente las aguas de lluvia represadas de los lagos devuelven libres la argéntea luz solar al firmamento.

¿Quién podría imaginar que estos refrescantes oasis mineros, en medio de la inhóspita geografía, podrían tener consecuencias en la política continental del Viejo Mundo?

Los lagos de plata, así revelan no solo la lucha contra la sed en una ciudad minera, sino también la influencia inadvertida que estos cuerpos de agua ejercían sobre el destino de príncipes y cardenales, mientras la sabiduría de ancianos como Matilda recuerdan la íntima conexión entre el agua y la supervivencia de la esencia minera de Potosí.

FOTO11

Las calles del casco antiguo de Potosí suelen ser estrechas y empedradas. Este diseño tiene raíces coloniales, proporcionando un encanto pintoresco y nostálgico a la ciudad. La ciudad está ubicada a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

GUERRAS DE LA GLORIA IMPERIAL

Erguido con orgullo desde tiempos antiguos, el Cerro Rico yace exhausto, recordando su papel como epicentro del orbe hispano. Sus entrañas, una vez colmadas de fabulosa plata, fueron desgarradas sin piedad para financiar las grandiosas ambiciones militares del imperio hispano.

El inagotable tesoro del Cerro Rico se convirtió en el sustento financiero de la Monarquía Católica, alimentando campañas bélicas que abarcaban el globo conocido. Las piezas de a ocho potosinas financiaron expediciones reales, desde someter herejes protestantes en los Países Bajos hasta derrotar al Turco infiel en Lepanto y contrarrestar las aspiraciones francesas en la supremacía europea.

Relucientes galeones partían anualmente del Virreinato Peruano, cargados con el tributo americano, para abastecer las empresas bélicas de la Corona. Mientras tanto, en el Nuevo Mundo, capitanes ambiciosos financiaban expediciones en busca de tesoros enigmáticos de oro, esmeraldas y canela.

El Cerro Rico, sin clemencia, derramó su plata para forjar el más vasto imperio registrado en la historia humana. Sin embargo, tres siglos después, cuando la Corona española buscó emplear esa riqueza para sofocar movimientos independentistas en América, el coloso vetusto ya no podía ofrecer más que su último suspiro.

Juan, un antiguo minero e historiador, relata cómo la plata del Cerro Rico financió todas las guerras y campañas de la Corona durante tres siglos.

Pero la ironía se revela cuando, según Juan, al intentar utilizarla para reprimir los movimientos independentistas, las vetas del cerro se encontraban exhaustas, incapaces de proveer suficiente metal precioso.

La fabulosa riqueza que alimentó los sueños de gloria de la Corona Hispánica terminó, de manera irónica, financiando también el declive de su dominio continental.

Juan reflexiona sobre el destino de aquellos mineros que, pese a arrancar la riqueza del subsuelo, solo cosecharon miseria y pobreza.

¡Qué irónico destino!, exclama Juan, observando cómo la riqueza argéntea que una vez nutrió los sueños más ambiciosos de reyes católicos acabó financiando el declive de su imperio en tierras distantes.

Poco sirvieron los esfuerzos desesperados por extraer la última onza del yacimiento fabuloso, ya que la independencia llegó, arrasando con siglos de dominio indiscutido. La que fuera envidia y sostén de medio mundo se sumió en el olvido, abrumada por el peso de su grandeza pasada.

FOTO12

Virgen María vestida con el Cerro Rico, anónimo, adorna el Museo Casa de Moneda, Potosí.

LAS IGLESIAS DEL VIEJO CLAUDIO

Tras extenuantes treinta y seis horas arañando las entrañas del socavón en pos de exiguas vetas de estaño, el veterano Claudio se apiada de su maltrecho cuerpo y emerge de las fauces oscuras de la tierra.

Apenas cruzar el umbral de la bocamina, una bocanada del gélido aire vespertino golpea su demacrado rostro curtido por el polvo mineral. Parpadea ante la luz crepuscular y alza la fatigosa mirada hacia la cima del imponente Cerro Rico, padre y verdugo a un tiempo.

Desde la majestuosa altura que tantas veces transitó en sus buenos tiempos, Claudio abarca con su cansada mirada la mancha urbana de tejados que se extiende a sus pies. Allí está Potosí, su ciudad, su noble ciudad que lo viera nacer hace ya cincuenta y tres inviernos.

Dieciséis campanarios asoman en el antiguo caserío colonial cual lanzas apuntando al cielo insondable, sobrevivientes entre más de tres docenas que conociera en su vibrante pasado. Claudio las reconoce una a una, damas venerables de cal y canto que desafían impávidas el paso de los años desde que él tiene memoria.

Son mudos centinelas de piedra y adobe evocando, cual fiel reliquia, la devoción y fulgor que cobijara la imperial Villa bajo sus alas. Ecos petrificados de aquella metrópoli que rigiera los destinos de medio mundo, hoy espectro amortajado de su antiguo esplendor.

Un amago de sonrisa asoma a su curtido rostro mientras la postrera luz del ocaso arranca destellos dorados a las herrumbrosas espadañas.

Quizá mañana, dice, antes de internarse nuevamente en el inframundo de vetas y penumbras, pase a visitar a la anciana iglesia de San Francisco para encomendarse a los santos que se cobijan en ella y rememorar por unos minutos, entre el incienso que impregna sus arcadas centenarias, los timbres gloriosos de la ciudad de Potosí que fuera otrora orgullo de los Andes.

En las dieciséis iglesias predomina la piedra, fuente primigenia de la opulencia potosina, cincelada por diestros canteros en intrincados motivos.

Más no sólo roca hay en los viejos templos. El humilde adobe moldeado con miel de caña también prestó su servicio, erigiendo robustos edificios cual la solitaria torre de Santa Bárbara, último vestigio en pie del antiguo complejo. Tampoco faltó el ladrillo cocido, traído en pesadas carretas para alzar la capilla de San Sebastián y su célebre Cristo Crucificado.

Cinco siglos errando como sombra descolorida de su antiguo fulgor, en 1987 la ciudad de Potosí, y el Cerro Rico, recibió un atisbo de reconocimiento global cuando la UNESCO declaró su casco histórico como Patrimonio de la Humanidad. Un recordatorio al orbe de la fulminante ascensión y caída de la más imponente urbe que albergaron alguna vez los Andes.

Y son precisamente esas dieciséis iglesias diseminadas, más que ningún otro vestigio, las guardianas de su evanescente memoria imperial.

En cada una de sus piedras labradas, en cada arco ojival, en cada altorrelieve parece florecer el reflejo de aquellos años dorados donde el poder de la plata potosina movía los designios del mundo.

Esas antiguas torres desafían, estoicas, el inexorable transcurrir de los años. Las que resistieron guerras civiles y saqueos son ahora el símbolo perenne de su esplendor pretérito. La ventana por donde asomarse a evocar los ecos de su época más gloriosa, cuando nada en el orbe se comparaba a la imperial Villa fundada a la sombra del Cerro Rico.

Y cuando el sol rojizo se apaga a los ojos de Claudio tras los imponentes cerros, él recuerda que alguna vez de niño escuchó las campanas de las dieciséis viejas torres alguna vez repicando al unísono para que Potosí, al menos una vez más, recobre su cosmopolita gloria de antaño.

FOTO13

El Arco del Triunfo, 2023 y 1910, fue el ingreso por el sur a la ciudad de Potosí y servía de límite entre la zona española y la indígena, allí concentraban las llamas para transportar la plata extraída del cerro hacia el Pacífico.

OFRENDA DE SANGRE

En las profundidades del Cerro Rico de Potosí, donde la oscuridad y la densidad del aire conspiran contra la luz del día, se gesta un rito ancestral que teje lazos entre los mineros y el Tío de las minas.

Juan, un experimentado minero, desentraña los secretos de la improrrogable obligación ceremonial que rinde tributo al ser que gobierna las entrañas de la montaña.

La fecha, agosto, es crucial porque marca el momento ceremonial clave. La víspera del primero de agosto, cuando la tierra está "abierta", se convierte en un escenario de ofrendas complejas.

En este ritual, los mineros pagan sus deudas al Tío, depositando vino, cerveza, coca y, lo más preciado, llamas blancas, cuya sangre y corazones son el alimento preferido del dios subterráneo, cuya ira podría desatar desgracias si no se cumple con la ceremonia.

La mañana se despliega apenas con luz, y Juan se encuentra afilando dos cuchillos en una galería. Sobre la mesa, una amalgama de ofrendas espera pacientemente su destino.

Luego viene el momento culminante. Mineros aguardan con vasijas, mientras el verdugo ejecuta el sacrificio. La sangre caliente de la llama llena la primera vasija, y el corazón, arrancado con precisión, palpita en la segunda.

El sacrificio augura una buena temporada al interior de la mina, pero también simboliza el respeto y temor que los mineros tienen por el Tío.

La sangre de las llamas se convierte en una ofrenda ritual, untada en los rostros de los presentes. Algunos muerden los corazones, rindiendo homenaje a la caprichosa deidad. Algunos bailan y celebran sobre charcos de sangre, pidiendo perdón por sus errores, mientras el aroma metálico llena el ambiente subterráneo.

La culminación de la ceremonia llega con la quema de la mesa de ofrendas. El humo se dispersa rápidamente, creando una atmósfera densa y difícil de respirar. Los mineros abandonan el lugar rápidamente, pero afuera, la celebración persiste como si el humo no pudiera opacar la conexión entre los hombres y su deidad.

Para Juan y sus compañeros, el rito es más que una tradición, es una forma de asegurar la benevolencia del Tío, un acto que, aunque sombrío, mantiene la promesa de prosperidad y protección en las entrañas del Cerro Rico.

La danza de sangre y ofrendas perdura como un vínculo inquebrantable entre los mineros y el misterioso ser que rige su destino bajo tierra.

FOTO14

El Cerro Rico ha sido un sitio de intensa actividad minera durante siglos, y la extracción de minerales, especialmente plata, ha tenido un impacto significativo en la cima de su estructura.

ENTRE EL DECLIVE LA INQUEBRANTABLE FE

Desde las últimas cuatro décadas, el remoto y generoso Cerro Rico de Potosí se desmorona gradualmente, desafiando la mirada impasible de sus propios hijos frente a una decadencia implacable.

Las entrañas que alguna vez relucieron con fabulosa plata ahora se convierten en un laberinto de túneles que se desmoronan sin piedad.

Cada nuevo amanecer ve las desgastadas laderas del coloso poblarse de buscadores audaces, dispuestos a desafiar la peligrosa decadencia en su temeraria incursión al subsuelo. Equipados con hojas de coca, escaso sustento, dinamita y una fe inquebrantable, se aventuran por estrechas galerías en busca de los últimos gramos de plata que la montaña aún resguarda.

Manuel, un hombre de cincuenta años, es uno de esos intrépidos buscadores que subsiste extrayendo el magro zinc, plomo y estaño que araña de las entrañas de la tierra para alimentar a su familia.

A pesar de las grietas evidentes en el gigante, la sed de metales no mengua. Menos, aún, cuando cada joven se ve obligado a abrirse paso con dinamita en mano por túneles inhóspitos donde la muerte acecha.

Y Manuel lanza una pregunta a quemarropa que lo explica todo: “¿Qué importan los derrumbes, la toxicidad o los accidentes frente a la urgencia de llevar a casa el pan del día?”.

Desde la ciudad, los habitantes observan con asombro cómo nubes de polvo se elevan desde el famoso Cerro con cada bloque que se desploma. Desde la urbe, el emblemático cono, fuente de gloria y brillo de la montaña, ya no se ve.

Sin embargo, la fe persiste, encarnada en hombres como Manuel. Fe en un renacer final del otrora generoso yacimiento, capaz aún de redimir a aquellos duros mineros

El Cerro, con su aliento vital fatigado y su grandeza perdida entre las sombras, se mantiene en pie, testigo de estruendos de barrenos y derrumbes, mientras sus hijos persisten en la búsqueda incansable de aquel metal que alguna vez los hizo prósperos.

FOTO15

La actividad minera ha provocado decenas cavidades y cambios en la topografía del cerro.

LA ELEGÍA DE JOAQUÍN

Con mirada melancólica rememora Joaquín aquel funesto mediodía de su niñez cuando el Cerro Rico le arrebatara a su hermano mayor. Eran los años setenta y los primeros hundimientos comenzaban a horadar las entrañas del gigante que cobija bajo su manto a Potosí.

Aún hoy escucha en pesadillas el estruendo de la montaña al desplomarse sobre la morada subterránea de su padre y sus dos vástagos. Lo recuerda emergiendo a duras penas de entre el polvo y pedruscos, pálido, amoratado y maltrecho, para besar por última vez los yertos rostros antes de que fueran engullidos por siempre jamás en las fauces hambrientas del socavón.

Cinco lustros después, hacia el cambio de milenio, Joaquín retornó al yermo donde el destino le arrebatara su infancia. Volvía dispuesto a desafiar los designios del coloso para sustentar a la descarnada familia que había logrado formar. Y fue testigo entonces de los estertores del otrora pródigo monte, cuyo perfil cónico comenzaba a ceder ante el despiadado avance de la piqueta dinamitera.

Los años siguientes presenció el colapso de su famosa cima puntiaguda, en cuyo lugar apareció un gigantesco sifonamiento.

Se prodigaron esfuerzos desesperados por rellenar el boquete en su devastada cúspide, empujando cincuenta mil toneladas de ripio y carguío estéril. Mas todo fue en vano, la insaciable voracidad de sus entrañas huecas se tragó toda esa colosal carga.

Nadie imaginó que el área vacía en el interior de la montaña era mayor a lo previsto.

Y aún hoy, cuando entre toses férreas recorre Joaquín los oscuros entresijos, no puede evitar que la amargura le embargue el pecho.

Rabia ante el poder indolente que no supo salvar el más preciado símbolo con que un día el orbe enteró distinguiera a su patria. Y tristeza infinita por este pueblo huérfano resignado a languidecer entre los despojos de una gloria tan fugaz como imborrable.

FOTO16

Es domingo, y una guarda de una mina, retorna a su punto de trabajo, a pie, a la cota 2.700, con sus dos pequeños.

LA PAUSA IMPENSADA

Con cada amanecer, cuando la niebla se desliza sigilosa entre los picos circundantes, Ramón observa con resignación las entrañas desecadas de lo que alguna vez fue un sorprendente filón. Entre muros ennegrecidos por un hollín centenario, rememora con añoranza los días en que aquel socavón rebosaba frenéticamente de actividad, una actividad que marcó su niñez.

Cientos de hombres desafiaban a diario los derrumbes, los gases y la muerte misma. Dinamitaban, extraían, cargaban. Parecían hormigas, un solo cuerpo en direcciones infinitas. La tierra retumbaba, y el metal fluía gracias al esfuerzo humano y la riqueza de la tierra.

Hoy, décadas después, Ramón se encuentra acompañado por apenas unas decenas de mineros que rasguñan las rocas resecas. El cerro, de épocas gloriosas, el único esplendor que aún tiene es el que reposa en la memoria colectiva.

El experimentado minero asegura que a pesar de su decaimiento nunca en la historia del Cerro Rico se detuvo la horadación de sus entrañas. Sin embargo, en el 2020, un enemigo inesperado, el minúsculo coronavirus, logró lo inimaginable: detener el corazón de la montaña infatigable.

Lo que ni devastadores alzamientos indígenas en los violentos albores del Virreinato, ni dos pestes, ni encarnizadas batallas entre realistas y patriotas durante la emancipación; ni siquiera las cruentas guerras del Pacífico y el Chaco, lo ejecutó una partícula microscópica en cuestión de semanas. Y por primera vez en casi cinco centurias, el ritmo febril de la gran mina se tornó en súbito silencio.
Nunca la implacable maquinaria extractiva que devora las entrañas del coloso durante casi cinco centurias fue frenada por fuerza alguna.

Pero la pandemia mundial orquestó lo impensado.

Después de meses de parálisis, el rugir de los barrenos regresó tímidamente en aquel mayo otoñal. Sin embargo, Ramón y sus compañeros mineros quedaron inquietos, conscientes de que su destino tortuoso ahora depende de que la montaña continúe en pie, algo que ni el caprichoso Tío puede garantizar.

Ramón, con la mirada perdida en las exiguas vetas que le sustentan, aguarda con resignación el día en que la tierra potosina deje de palpitar bajo la sombra ancestral del Cerro Rico.

La pandemia dejó en su estela no solo silencio, sino también la semilla de la incertidumbre sobre el futuro de la icónica mina que ha resistido inquebrantable, de momento, al paso del tiempo.

FOTO17

El Tío, un espíritu benigno que ayuda a los mineros y les proporciona buena fortuna y seguridad en su trabajo.

MINAS CLAUSURADAS

En julio de 2023, la estatal Corporación Minera de Bolivia cerró 28 minas sobre la cota cuatro mil cuatrocientos del Cerro Rico. Muchos quedaron sin empleo.

Ricardo, minero de la montaña de cuarta generación, ocho hijos, dice, mientras da una larga chupada a su cigarrillo casero y tiene la mirada perdida en la oscuridad, que quizá ha llegado la hora del éxodo.

Asegura que son miles de cooperativistas como él, sin patrón y sin salario fijo, los que más han sentido el cierre de bocaminas y la depreciación en el precio de los minerales

Ricardo es un hombre rudo y curtido de cuarenta y siete inviernos, treinta de ellos sobre los socavones y apenas alfabetizado en las lides del libro y la escuela. Y, sin embargo, es poseedor de una sabiduría sin parangón, atesorada durante incontables vigilias entre vetas y derrumbes.

Sabiduría que fluye por la comisura de sus labios agrietados mientras da otra honda calada, expeliendo humaredas de tabaco sin filtro mezcladas con polvo de zinc hacia la bóveda ennegrecida del túnel en que se cobija.

Siente el pecho constreñido, la garganta raspada de toxinas silíceas, el escozor lacerante en los pulmones diezmados.

—El Cerro se muere, al igual que yo. Ya casi no nos quedan días de gloria por delante, reflexiona.

Entonces un recuerdo le asalta la memoria. Es Ariel, su benjamín, repetidas veces suplicándole que le revele los arcanos ocultos tras las páginas del libro escolar que tanto deslumbran su inquieta imaginación.

Más todo cuanto Ricardo pudo corresponderle fue un tímido balbuceo, acongojado al confesar su analfabetismo. Fue la vergüenza de un padre incapaz de secundar las ansias de superación de su pequeño.

Una solitaria lágrima surca el rostro curtido del viejo minero y una sonrisa asoma a sus labios. Sabe lo que debe hacer. Hallará un modesto empleo de albañil y se inscribirá en la escuela nocturna.

Lo ha decidido: aún quedan para este tosco buscador unas pocas vetas inexploradas en el otoño de su vida.

Y dice que las explotará con más ahínco que el metal para brindar a su pequeño Ariel el legado que en su día le fuera escamoteado. Luego vendrá la noche eterna y el sosiego.

FOTO18

El cerro hoy, el cerro 1900.

DE LA RIQUEZA COLOSAL A LA POBREZA

La opulencia que alguna vez conoció Potosí se desvaneció con el paso de los siglos, como arena entre los dedos.

Cuando el Cerro Rico manifestó su fabulosa riqueza en 1545, una frenética fiebre de plata atrajo hasta sus faldas a miles de ambiciosos buscadores.

Pronto la Villa Imperial se alzaba orgullosa sobre sus ingentes recursos mineros, rivalizando con las más encumbradas urbes europeas.

Sus avenidas se engalanaron con fastuosos palacios de alabastro y mármol traído de lejanas canteras. Carromatos rebosantes de lingotes de plata cruzaban sus empedradas calles a diario.

La Casa de la Moneda tronaba incansable, acuñando las famosas piezas de ocho que inundarán los mercados del Viejo Mundo. Era una metrópoli en cuyos veneros de mineral podría haberse forjado un camino de ida y vuelta hasta la madre patria.

Hoy, entre los muros desconchados de la antaña opulenta Potosí, pululan niños descalzos y jóvenes ociosos.

Donde alguna vez se alzó la orgullosa Casa de Moneda, ahora reposa un majestuoso museo, única reminiscencia de su esplendor imperial. Sus vetustas máquinas prensadoras de troqueles inmóviles parecen añorar la gloria perdida.

En sus años de gloria imperial, más de cien mil almas rebosaban en las calles adoquinadas de Potosí.

Según crónicas de la época, hacia 1573 su población equiparaba a la mismísima Londres y sobrepasaba con creces a ilustres capitales como Sevilla, Madrid, Roma o París.

Era el emblema del Nuevo Mundo, el manantial de riqueza más prolífico conocido sobre la faz de la Tierra.

Para mediados del siglo XVII, otro censo otorgaba a la Villa Imperial la asombrosa suma de ciento sesenta mil habitantes dentro de sus recios muros cordilleranos. Fue acaso la mayor concentración urbana del orbe en tiempos donde aún el concepto de metrópoli resultaba incipiente.

Mas hoy, la antaño populosa Potosí se ha replegado sobre sí misma como una madre anciana encorvada por el tiempo. Apenas ciento cincuenta y cinco mil almas deambulan entre sus callejuelas, muchas de ellas herederas de aquellos opulentos linajes que dominaron el mundo conocido gracias al Cerro.

Recorren calles desvaídas donde antaño rodaban carromatos atiborrados de plata, sin advertir siquiera los ecos de grandeza que yacen bajo el polvo de cada adoquín.

EN EL OCASO

En las alturas, donde el viento gélido azota con crudeza, la villa de Potosí yace a la sombra de su esplendor. Una metrópoli que una vez deslumbró al mundo con el resplandor de su plata, hoy se encuentra prisionera de su propio pasado imperial.
Sobre ella se alza impasible su verdugo, antaño inagotable, hoy carcasa agrietada por donde se filtraron sus riquezas.

El Cerro Rico, Patrimonio de la Humanidad que dominara Potosí y el mundo con su fabulosa plata, está herido de muerte. Siglos de voraz depredación han carcomido sus entrañas, horadada por miles de túneles.

La dinamita perforó sus entrañas hasta dejarlo exánime, y lo tiñó con su estruendo de ocre y ceniza.

No quedan ya venas de plata, tan sólo raquíticas vetas de estaño que arañan sus destartalados hijos a martillo y barreno quizá con la esperanza de que brote de nuevo el tesoro que se esfumó.

Pero no hay más que vacío, y derrumbes, y túneles clausurados que ya no son sino nichos o mausoleos perpetuos.

Algunos los han convertido en museos que recorren turistas curiosos, ajenos al drama de antaño en la fabulosa montaña de los Andes.

Científicos advierten que los masivos hundimientos detectados en su devastada cumbre son preludio del temido colapso.

Solo parece ser cuestión de tiempo para que la montaña, que rigiera los destinos de la muy noble y muy leal Villa Imperial de Potosí, ceda bajo su propio descomunal peso.

Y con ella sepultará cinco siglos de fulgurante historia bajo millones de toneladas de roca y polvo mineral.

Por eso mineros como Ricardo han resuelto partir, en busca de otros horizontes promisorios antes de que la tragedia consumada clausure para siempre la simbiosis del Cerro con los sufridos hijos de esta comarca.

Comparta en Redes Sociales

Imprimir   Correo electrónico

Ahora El Pueblo logo

Búsqueda