Cuando quedarse es grandeza

Las declaraciones del presidente Luis Arce sobre su permanencia en Bolivia tras concluir su mandato el próximo 8 de noviembre revelan mucho más que una simple decisión personal.

En sus palabras se encuentra el retrato de un verdadero estadista, un hombre público que entiende que la grandeza política no se mide por los privilegios que se obtienen, sino por la coherencia con la que se vive después del poder.

“¿Por qué me voy a ir del país?, ¿he robado?, ¿he matado?, ¿por qué tendría que huir?, ¿he abusado de menores para irme del país?, ¿por qué me voy a ir del país?", preguntó Arce con una franqueza que desarma cualquier suspicacia.

Estas interrogantes, aparentemente simples, encierran una profunda reflexión sobre lo que significa ejercer el poder con dignidad y transparencia.

En un continente donde numerosos expresidentes han buscado refugio en el extranjero para evadir procesos judiciales por corrupción, las palabras de Arce adquieren una dimensión histórica.

Su tranquilidad para quedarse en Bolivia, para caminar por las calles que gobernó, para mirar a los ojos a los ciudadanos que sirvió, habla de una gestión limpia y de una conciencia tranquila.

La decisión de Arce de retornar a la docencia universitaria tras dejar la Presidencia del Estado revela la auténtica dimensión de su carácter: "Voy a retornar a la universidad, hay que seguir formando a nuestros jóvenes", declaró, demostrando que para él el servicio público trasciende los cargos oficiales.

Este retorno a las aulas no es una retirada ni una renuncia a la participación ciudadana, es la continuación de su compromiso con Bolivia desde otra trinchera igual de importante.

Formar a las nuevas generaciones, compartir la experiencia adquirida en cinco años de gobierno, contribuir al desarrollo intelectual del país: esta es la visión de un estadista que comprende que existen múltiples formas de servir a la patria.

Incluso en un tema tan personal como su salud, Arce demuestra una transparencia que debería ser modelo para todos los funcionarios públicos. Al informar públicamente sobre su viaje programado a Brasil para revisiones médicas de rutina tras superar el cáncer, el Presidente muestra cómo se debe manejar la información pública para evitar especulaciones malintencionadas.

"No vayan a pensar que me estoy escapando", aclaró, evidenciando su comprensión de que un presidente, incluso en sus últimos días de mandato, debe rendir cuentas de cada uno de sus actos.

Esta actitud contrasta notablemente con aquellos mandatarios que manejan sus actividades personales con opacidad y secretismo.

La frase "los Arce nos quedamos en Bolivia" trasciende lo anecdótico para convertirse en una declaración de principios. Implica un arraigo profundo con la tierra que lo vio nacer, con la gente que lo eligió y con el país al que sirvió. Es la afirmación de un hombre que no necesita huir porque no tiene nada que ocultar.

"Aquí está mi familia, aquí están mis amigos", declaró el mandatario, revelando que para él los vínculos humanos son más importantes que cualquier privilegio o comodidad que pudiera encontrar en el extranjero.

Esta valoración de los afectos por encima de las conveniencias materiales es propia de los grandes estadistas.

Un líder que privilegia estar cerca de su familia y sus amigos por encima de cualquier otra consideración es un líder que mantiene sus prioridades humanas intactas, que no ha permitido que el poder corrompa sus valores fundamentales.

Las declaraciones de Luis Arce sobre su permanencia en Bolivia configuran, por sí solas, un legado de integridad. Su tranquilidad para enfrentar la vida postpresidencial en su propio país es el mejor testimonio de una gestión transparente y honesta.

En tiempos donde la desconfianza ciudadana hacia los políticos alcanza niveles alarmantes, el ejemplo del jefe de Estado demuestra que es posible gobernar sin traicionar los principios éticos fundamentales.

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