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Una aventura quijotesca en Vallegrande

El espíritu poético no está ajeno y el espectador se sorprenderá de ver los paisajes rubicundos de extrema belleza jamás vistos en otra película boliviana. Una road movie que exaltará el turismo, itinerante como ella sola al final de 92 minutos de proyección.

La Paz, 07 de enero de 2024 (AEP).- A finales de septiembre de 2012 se concluyó de filmar la nueva película del director de cine y escritor Paz Padilla Osinaga, Don Juancho y el Pancho, inspirada en la famosa novela de Don Quijote de la Mancha, pero adaptada a los paisajes de Vallegrande. El rodaje de la película duró 14 días ininterrumpidamente. Las locaciones se realizaron totalmente en escenarios naturales. Vallegrande y sus alrededores, Muyurina, el Trigal, Mataral Moro Moro, Monte Grande, etc. fueron testigos de estas disparatadas aventuras de dos antihéroes.

El rodaje empezó en un pueblito llamado Pucará (frontera con Chuquisaca). A la usanza quijotesca se ambientó la misma en un pasado decimonónico o de principios de siglo XX. Esta es una entrevista y crónica que regaló a Ahora El Pueblo el director Paz Padilla Osinaga y este servidor.

Este su servidor viajó el 29 de agosto a Villa Serrano, provincia de Chuquisaca, de donde iba a tomar la flota que lo lleve a Pucará, pues quería participar de la película. En ese pueblito iba a empezar el rodaje. El 30 subió a un bus y estuvo el mismo día en Pucará, pero el equipo de filmación todavía no había llegado. Estaban en Santa Cruz. Se quedó un día conociendo el lugar magnético poseído de la leyenda del Che Guevara. Cada casa tenía una fotografía del guerrillero argentino y algún símbolo de la revolución de 1967. Estaba anclada en una punta o ladera desde la cual las casas se distribuían de arriba hacia abajo. De lejos se podía ver su techumbre de tejas ya no tan rojas, más bien variopintas. Las calles eran de piedra. Y El Che estaba ahí como un fantasma. En la entrada del pueblo un letrero rezaba “Ruta del Che”.

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El 31 de agosto llegó el director de la película y su séquito. Esa noche había una festividad del pueblo. Había una verbena. El susodicho se quedó hasta las calendas griegas en las diversiones goliardicas. Tarde sería el arrepentimiento. El 1 de septiembre el director despertó a todos los del elenco y empezó la filmación. Pese a la modorra hubo que levantarse. Todo el día se filmó en Pucará la escena de la bruja y en la tarde partieron a Vallegrande. Arduo el día lleno de vicisitudes cinematográficas y mucho sol.

Los parajes eran aptos para desarrollar las picarescas travesuras de don Juancho (Alejo Véliz) y el Pancho (Bizmark Viruez), el uno buscando a su etérea Dulcinea y el otro a su tangible Chavela (una burrita). Los dos sortearán entuertos y retos, adarga en ristre o más bien lanza en ristre y con el coraje por escudo, esgrimiendo quimeras fantasmagóricas y encantadas.

Entre las anécdotas a contar está que el vestuario para el albacea, mi persona, se había olvidado en Santa Cruz. Así que el colaborador sabueso actuó con la ropa puesta. Solo había un sombrero para completar su atuendo de vaquero. Las jornadas de filmación empezaban a las 08.00, pero ya a las 07.00 había que estar despiertos para desayunar y prepararse. Al mediodía el almuerzo y a las 14.00 otra vez filmación muchas veces hasta las 24 horas pues muchas tomas requerían repetirse hasta siete veces o más. O eran escenas de noche. Para las escenas de la asustana o aparecidos había que preparar casas viejas improvisadas. Y muchas veces había que estar en el monte sin poder sentarse en ningún lado pues había espinas. En una de esas que se cae el albacea se le incrustó una espina que no salió en dos días. Hasta los actores principales apoyaban logísticamente. A veces había que sostener el rebotador solar, a veces la claqueta y muchas veces había que ir por agua.

De Vallegrande se pasó al Trigal a seguir con el rodaje. En las noches, después de las jornadas, muchas veces los actores se reunían a compartir los avatares del día en dionisiacas noches interminables. Al día siguiente había que seguir firme como si nada. La anécdota de ese pueblito fue que una de las señoras mayores que participan en la despedida de los aventureros era la mamá de Alejo Véliz. Otra anécdota es que no había una burra para prestarse. Solo había un burro, hubo que camuflar de forma muy sutil.

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Luego siguieron los pueblitos de Monte Grande, Moro Moro y Mataral. Las escenas con la actriz Fátima Cuéllar son escasas, pero son las que mantiene ilusionado al desdichado del Juancho que vive soñando con ella haciéndonos ver que lo ilusorio se lo lleva el viento, pero nos ayuda a caminar.

Y esta es la entrevista al director que costó muchas lunas y espinas de caraparis:

Carlos: Sabemos que cada director tiene un sello personal. ¿Cuál es el que le identifica a Paz Padilla en sus películas?

Paz: Siempre me ha gustado ponerle algo relativo a la religión, pero la antigua. La vulgata latina básicamente. Siempre pongo algunas frases o algunas palabras o algunas cositas más complejas; inclusive en mi propia literatura le he puesto la vulgata latina. Eso sí, siempre le he puesto ese sello particular y otra cosa que he puesto es el nivel de comprensión. Hay un nivel superficial que maneja la gente común y voy profundizando en el mensaje para la gente erudita o para gente que tiene mayor lenguaje.

Carlos: Una doble lectura…

Paz: Siempre hay doble, triple y cuatriple lectura. Entonces trato de manejar el tema semiótico con bastante sutileza sin que sea muy recargado tratando de hacer una especie de poema visual sin que sea un poema. Poema porque eso es para gente con mayor comprensión. En este caso son poemas populares.

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Carlos: Por ejemplo, ¿en la película La Última Jugada donde está el latín?

Paz: Está… ¿recuerdas cuando el hombre entra en crisis y se acerca al sacerdote a hablar con él? Estaba puesto ahí, pero el editor agarró y me lo sacó. Lo que tenía que decir el sacerdote en castellano, lo dice en latín. Bueno, a veces los editores hacen cosas que están más allá de lo que uno puede. En la película en Busca del Paraíso está presente.

Carlos: ¿He observado que no se manejan mucho los planos detalles, me puedes explicar un poco eso?

Paz: En esta película en especial hemos tratado de usar una estética mexicana por un factor de comprensión del público, es decir para Bolivia plano detalle no necesariamente implica una mayor cantidad de información, sino una distracción. Por eso hemos usado estos planos compuestos en donde pareciera que hay una escenificación teatral muy bien planificada. Le hemos dado un grado de realismo más fuerte. Por eso es que son planos casi generales en su mayoría y lo que hemos cuidado es de que el eje no se nos pierda para que la acción fluya y la gente sepa exactamente de qué se trata cada movimiento que se hace. Otro tipo de información más a detalle: he podido percibir que la gente no lo entiende, se pierde y cuando eso ocurre pierde el interés en la película.

Carlos: Hay una ironía que he podido notar y es que, como es una producción versión libre del Quijote de la Mancha, una adaptación muy personal, muy pintoresca, podemos ver que alude a la aventura de hacer cine en el país, es una aventura quijotesca.

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Paz: Una de las características, si quieres, del cine que hago es mezclar la realidad con la fantasía, Y así voy jugando con el espectador y de esa manera he descubierto que el mensaje llega y se hace más suyo. Obviamente, de lo que se trata es de ironizar con la vida para que la gente se quede con un mensaje. Yo creo que una película sin mensaje no logra su objetivo. Y al menos en la calle, me dicen que logro transmitir un mensaje de fe y amistad.

La película caballeresca

Al año siguiente (2013) se estrenó la película en Santa Cruz y después en Cochabamba y La Paz. Claramente la visión del director mantiene el espíritu de la novela caballeresca, la dualidad del idealismo y el materialismo simbolizado en el Juancho y el Pancho. El Juancho busca a su doncella idealizada y no persigue riquezas. En cambio, el Pancho se embriaga con la idea de una gobernación. El Pancho se cree el más lúcido y siempre lo encasilla como burro al Juancho, pero él no es nada sin su burra Chavela. Y sin embargo no pueden estar el uno sin el otro.

El espíritu poético tampoco está ajeno y el espectador se sorprenderá de ver los paisajes rubicundos de extrema belleza jamás vistos en otra película boliviana. Una road movie que exaltará el turismo. Itinerante como ella sola al final de 92 minutos de proyección el espectador quedará maravillado con el mar de montañas azulinas que se pierden en el confín cuando aparecen los créditos. Por si acaso el mejor diálogo se encuentra al final de la filmación. Ambos, el Juancho y el Pancho empezarán una fábula de su travesía al estar solos, digno de un barón de Munchausen que ni ellos mismos se la creen. Cierra la magia caballeresca un secretario trovador (Reynaldo Seas) que va narrando en verso las proezas de los dos jocundos personajes trashumantes.

Me hubiera gustado que una voz en off de un narrador describa las hazañas de los paladines. Algo así como un juglar que cante las epopeyas disparatas, pero el trovador le dio el cierre renacentista.

Paz Padilla Osinaga es un novelista y cuentista nacido en Pampagrande, Santa Cruz. Cónsul de Bolivia en Brasil, gestor cultural y ahora cineasta con tres películas: La última jugada, En busca del Paraíso y Las aventuras de don Juancho y el Pancho.

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