Una humilde parroquia conserva la memoria de la gran heroína de la independencia americana. Hoy se recuerda 243 años de su nacimiento.
La Paz, 12 de julio de 2023 (AEP).- La parroquia de San Miguel de Ravelo, ubicada en la provincia Chayanta del departamento de Potosí, fue construida dos décadas atrás sobre las ruinas del templo donde los españoles católicos la erigieron a principios del siglo XVIII.
Los azares del destino hicieron, sin embargo, que en el templo actual no quedara ni un solo rastro original del esplendor colonial.
Sus óleos, el Cristo crucificado y hasta el campanario tienen apenas dos décadas de antigüedad.
Solo un ornamento católico, que los 20.500 habitantes del municipio potosino admiran, ha quedado en pie en San Miguel: la pila bautismal.
Tallada en piedra por los indios Chayanta, el héroe de la independencia Manuel Ascencio Padilla recibió allí en su nacimiento el primero de los sacramentos de la Iglesia.
Al pie de la pila bautismal, el 8 de marzo de 1805, Padilla contrajo matrimonio con doña Juana Azurduy.
Manuel, que ya participaba en grupos revolucionarios, tenía 31 años y Juana 25 años cuando se casaron.
“Ambos héroes eran vecinos, se conocieron, se enamoraron y se juraron, como los principios bíblicos lo mandan, amarse hasta la muerte”, según el párroco de San Miguel.
Se cree que, para Manuel y Juana, “Dios y el matrimonio eran dos elementos sagrados en sus vidas”.
En el templo de San Miguel de Ravelo, ubicado en la provincia Chayanta del departamento de Potosí, comenzó a escribirse la historia nómada de los amantes guerreros.
Pero también fue la cuna de Juan Hualparrimachi, Tomás Katari, el propio Agustín Ravelo y otros héroes anónimos que la historia ha olvidado.
Toroca
Juana nació el 12 de julio de 1780 en el cantón de Toroca, también de la provincia potosina de Chayanta, que pertenecía al Virreinato del Río de La Plata desde 1776.
Es en Toroca donde Juana Azurduy aprendió, junto a su padre, a montar a caballo y a amar la vida libre del campo.
A los siete años quedó huérfana de padre y madre, y a los 17 años fue internada en el Monasterio de Santa Teresa, donde no llegó a completar ni un año y volvió a casa.
En el cantón Toroca, Juana volvió a entrar en contacto con el pueblo indígena. Recuperó el quechua de la infancia y aprendió el aymara. Trabajó en el campo, en las tareas de la casa, y de vez en cuando visitaba a Eufemia Gallardo, la madre del que sería su esposo, Manuel Ascencio Padilla.
Allí escuchó los relatos de Padilla, que ejercieron una enorme influencia en su formación.
Las ideas de la Revolución Francesa —que traían consigo los principios republicanos, la lucha por la igualdad y la libertad— eran afines a los esposos Padilla.
Por eso mismo, ambos formaron parte de la rebelión criolla en contra de los españoles que en 1809 logró la destitución del presidente de la Audiencia de Charcas.
Esos hechos no pasaron desapercibidos para las nuevas generaciones de líderes latinoamericanos.
La imagen de Juana Azurduy, madre y guerrillera, decora el Salón de las Mujeres, en la presidencial Casa Rosada, sede del Gobierno argentino.
Cuando el mandatario Hugo Chávez visitó la Casa Rosada en 2009, en Buenos Aires, saludó militarmente a la imagen de la guerrillera y su colega argentina, Cristina Fernández, le dijo: “Hacés muy bien en hacerle la venia. Perdió cuatro de cinco hijos en la guerra por la independencia”.
En mayo de 2002, el presidente Luis Arce rindió homenaje en Buenos Aires a la heroína de la independencia y generala de Bolivia y Argentina Juana Azurduy, en cuyo monumento colocó una ofrenda floral con la forma de la tricolor boliviana y la wiphala.
Arce llamó “nuestra heroína” a Juana Azurduy en sus redes sociales. El Jefe de Estado utiliza con regularidad su cuenta de Twitter para honrar la memoria de héroes nacionales y recordar fechas históricas.
La heroína de la independencia es generala de Bolivia y Argentina, y en Buenos Aires tiene un monumento en su honor.