En un mundo cada vez más polarizado, en el que impera una retórica belicista, la voz del presidente Luis Arce es un recordatorio necesario de que la paz no es una utopía, sino una opción viable y necesaria.
El mandatario boliviano, desde la plataforma privilegiada que ofreció la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, expresó una postura que merece atención global: la solución a los conflictos no radica en más armamento, sino en más diálogo.
La metáfora empleada por el mandatario boliviano es tan simple como poderosa: añadir armas a un conflicto es como "echar gasolina al fuego".
Esta analogía, en su sencillez, encierra una profunda verdad que parece olvidada en los centros de poder mundial. Mientras algunas potencias responden a la violencia con más violencia, Bolivia se mantiene firme en su tradición pacifista, consagrada en su Constitución de 2009.
La autorización de Estados Unidos a Ucrania para el uso de armamento de largo alcance en territorio ruso representa exactamente lo que Bolivia advierte: una escalada peligrosa que aleja las posibilidades de paz.
El contraste no podría ser más marcado: mientras unos envían misiles, Bolivia propone enviar pacifistas y negociadores. Esta postura no es mera retórica, es una política de Estado fundamentada en principios constitucionales y en una sólida postura diplomática.
El conflicto ruso-ucraniano, que ya se acerca a los tres años, ha dejado un rastro de destrucción que supera las cifras frías: miles de muertos y más de un millón de desplazados son el testimonio vivo de que la guerra solo genera pérdidas para todos los involucrados. Cada día que pasa sin un acercamiento al diálogo es un día más de sufrimiento humano innecesario.
La posición de Bolivia, aunque pueda parecer idealista a algunos, representa una sabiduría profunda que la historia ha validado repetidamente: los conflictos que encuentran solución mediante el diálogo tienden a generar paz duradera, mientras que aquellos "resueltos" por la fuerza suelen sembrar las semillas de futuros enfrentamientos.
Es significativo que esta llamada a la paz provenga de una nación latinoamericana. Nuestra región, que ha aprendido dolorosas lecciones sobre los costos de la violencia, tiene una valiosa perspectiva que aportar al debate global sobre la resolución de conflictos.
La voz de Bolivia no es solo la de un país, es el eco de una región que conoce el valor de la paz y el diálogo.
El llamado del presidente Arce merece ser escuchado no como una postura ingenua, sino como una alternativa real y necesaria. En un momento en que el mundo parece deslizarse peligrosamente hacia una escalada bélica, la propuesta de privilegiar el diálogo sobre las armas no es solo moral, sino pragmáticamente superior.
Bolivia ha dejado clara su posición. La pregunta es: ¿quién más tendrá el coraje de apostar por la paz?