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Ariel Molina

¿Es Luis Arce democrático, mi general?

Fue una de las preguntas que no respondió el general Zúñiga al declarar que la democracia había pasado a manos de pocos, que cómo puede ser que el MAS gobierne tantos años, que era momento de reordenar la democracia, que lo primero que hará sería liberar a los presos políticos que según él serían Añez, Camacho y demás oficiales militares que se levantaron contra el orden constitucional en el golpe de 2019.

Al ignorar la pregunta, el castrense dejó descubierta la raigambre elitista militar producto de su incrustación en la clase alta como instrumento de insurrecciones armamentistas contra gobiernos populares. Y es que, desde la existencia de aquellos famosos altos estudios nacionales cuyo privilegio ostenta la formación militar hasta los fueros especiales con los que cuentan es fácil comprender que no se sientan parte del pueblo y crean pertenecer a una clase superior y distinta. 

En esa línea, no estaría de más revisar los contenidos que se enseñan en los colegios militares, qué tipo de instrucción reciben los cadetes y, sobre todo, por qué mantener latente la amenaza de la toma del poder por la fuerza al entregarles las armas. Y es que en algún momento debe dejarse de buscar maneras de contentar a los milicos para que no se levanten en armas contra el gobierno; al contrario, habrá que regular su comportamiento reduciendo sus privilegios, quizá quitándoles sus becas de formación en cuarteles del imperio o tal vez trasladando sus cuarteles a las fronteras buscándoles algo útil que hacer y no solo a los conscriptos sino a suboficiales y oficiales. Y si, quitarles a ellos la jubilación al cien por ciento. Seguir la carrera militar no debería ser atractiva para legalizar la violencia contenida en algún sádico en potencia; en cambio, debería reconducirse a una vocación de servicio, de lucha contra uno de los mayores enemigos del Estado, el contrabando. Sí, señor general, Luis Arce es constitucional más allá de los remilgos que puedan salir de entre las filas castrenses, el Gobierno popular fue constituido a través de un proceso democrático y está entre sus facultades removerlo de su cargo si así lo considera.

Después del golpe de 2019, muchos analistas que desacreditaron la existencia del golpe de Estado argüían que en esos funestos días ningún militar ni mucho menos sus tanquetas habían tomado plaza Murillo. El 26 de junio de 2024, a las 15:00 horas pudimos ver a uniformados incursionar en la plaza principal de la sede de gobierno con vehículos blindados, tomaron por sorpresa los ingresos y en un apronte golpista abrieron las puertas de Palacio Quemado. Zúñiga al bajar de su vehículo indicó que cambiaría de ministros, que solucionaría los problemas del país. Pensó que ya había dado el golpe sin entrar y derrocar al Presidente. Su camino hacia la toma de poder fue interrumpido por Luis Arce, quién cuestionó sus acciones y le instruyó su inmediato repliegue, el general se negó, su mano derecha lo secundó, pero el tercero no cumplió lo acordado ante la pregunta del que exhibía el Bastón de Mando. Parece que Zúñiga espabiló de su curda reacción al verse desacreditado por sus pares, dio media vuelta y fue de retorno para la calle. Al salir, fue abordado por periodistas y éste desesperado intentó abrazarse del recuerdo de 2019, intentando legitimarse en los golpistas de aquel noviembre prometiendo su liberación, no sucedió. Entonces, subió a su tanqueta y comenzó a hablar por teléfono, buscaba respuestas en aquel ambiente bacanal; no llegaron los refuerzos, la vanguardia había sido abandonada a su suerte, la aventura golpista llegaba a su fin.

El paso en falso fue resuelto hábilmente por el Presidente, relevó al Alto Mando Militar a los pocos minutos de lo sucedido en el Palacio Quemado. La primera instrucción fue replegar las tropas habidas en kilometro cero; la segunda, poner en manos de la justicia a los involucrados en el fallido golpe de Estado. Quizá la inmediatez de la desmovilización permitió que muchas voces antes azoradas buscando alguna explicación se adhirieran al susurro de la carroña política que explicaba la resolución efectiva como un autogolpe. No obstante, la reflexión debería reconducirse a analizar si el resultado de la suspicacia tiene que ver con esas heridas aun abiertas después de lo sucedido en 2019, pareciera que éstas generaron en la población la necesidad por ver balas, heridos, muertos, inclementes escenas de violencia para considerar que lo sucedido el miércoles fue un intento de golpe de Estado.


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