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Fotos: AI / RRSS

El velorio de una guitarra sin cuerdas

En el eco de las cuerdas rotas yace la memoria de un aprendizaje profundo, donde la música y la vida se entrelazan en una sinfonía de experiencias. En este velorio de una guitarra sin cuerdas, se despide un capítulo de la juventud, mientras un recuerdo de yace junto al instrumento que le dio vida.

La Paz, 31 de marzo de 2024 (Crónicas). – Fue mi primera guitarra, mi padre me la compró durante ese verano que había estallado la guerra civil en España, recuerdo que los milicianos marchaban por las calles y el pueblo se había convertido en un campo de batalla. Franco lideraba su ejército, siempre tuve la seguridad de que el conflicto acabaría con su victoria.

Mi padre, columnista de ABC, era un rojo que atacaba el régimen franquista. Sus artículos ocasionaron que nuestra familia fuera deportada a Marruecos en 1939. Mi familia vivió exiliada en ese país hasta 1946. Mientras tanto yo aprendía a tocar guitarra recibiendo clases de un amigo de la familia que era muy bohemio y tocaba espléndidamente este instrumento, usaba su talento para dar serenatas a sus conquistas amorosas.

Este caricaturesco hombre hablaba utilizando diálogos de la obra Don Juan Tenorio, de Tirso de Molina, mi maestro de guitarra creía que esa peculiar manera de expresarse era original y atractiva para los oídos de las mujeres. Muchas chicas creyeron que él era poeta, no sabía nada sobre la verdadera procedencia de los románticos diálogos de aquel que admiraba. Muchas veces observe a lindas muchachas suspirar por mi profesor de guitarra y alabar sus sentimentales frases. Frases que eran monólogos plagiados del Don Juan Tenorio.

Lamentablemente no pude desenmascarar a mi talentoso profesor porque a pesar de ser un fraude poético, era una persona muy simpática. Admito que muchas veces tuve la oportunidad de dirigirme a las muchachas que suspiraban por él para decirles: “oye, lee la obra Don Juan Tenorio, del dramaturgo Tirso de Molina, y descubrirás, después de leer sus páginas, que el hombre que admiras seduce tu corazón usando frases del personaje principal”.

Desperdicié esas oportunidades por respeto al hombre que me enseñaba a utilizar las siete notas musicales con la misma destreza que un bohemio experimentado. “Niño, tocar una guitarra, para crear sublimes notas musicales, es un acto similar a acariciar la piel desnuda de una doncella, para arrancar de las teclas de su cuerpo una silenciosa canción de amor. Una guitarra es como una mujer. Si sabes tocar correctamente a una mujer —decía—, serás un hombre feliz, recompensado con la fidelidad de aquella que tus manos posean, si sabes tocar a una mujer ella se entregará sin pudor. Si sabes tocar una guitarra podrás deleitar tus oídos con la magia de la música. Nunca olvides que una guitarra es simbólicamente una mujer que emite sinfónicos sonidos”.

Las clases de este poeta plagiador, consciente de los monólogos de Don Juan Tenorio, me capacitaban para aprender cosas sobre ese misterio llamado mujer. Durante cada sesión me fui perfeccionando y aprendí a usar magistralmente la guitarra.

Una tarde, mientras caminaba en la calle con mi guitarra, unos pandilleros juveniles se interpusieron en mi camino y me propinaron una brutal paliza que me envió a la cama por un buen tiempo. Mientras estaba recuperándome de la golpiza, recibí la noticia de que mi maestro de guitarra, nuevamente afincado en España, había muerto asesinado por un marido celoso. Su muerte me entristeció.

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Fotos: AI / RRSS

Ese mismo día mis padres decidieron viajar a Bolivia, al llegar ahí nos mudamos a Valle Furtivo, en ese lugar mi vieja guitarra perdió sus cuerdas en otra pelea motivada por mi mala costumbre de sentirme un miembro de una raza superior. Decidí guardar la guitarra hasta hoy.

La muerte de mi profesor de guitarra es un recuerdo trágico de mi infancia. Ahora he decidido sepultar esa reminiscencia. En un acto simbólico que he llamado El velorio de una guitarra sin cuerdas.

Ya cavé el hoyo donde sepultaré ese objeto de mi infancia. A mi lado tengo el cráneo de mi profesor de guitarra, que robé de un cementerio de Málaga. Mientras observo la calavera pienso en el hombre cuyo talento fue grandioso para conquistar mujeres, coloco la guitarra al lado del cráneo y formo un círculo de velas alrededor de ambos objetos.

Me siento en una silla y comienzo el velorio de la guitarra sin cuerdas, para sepultar un suceso de mi pasado, junto a un muerto que fue parte de mi vida, cuando aprendía que tocar una guitarra es un arte similar al de tocar a una mujer.

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